El Arco da Rua Augusta se alza blanco y monumental contra el cielo azul profundo. Las estatuas en la cúspide — la gloria, el ingenio, el valor — miran hacia adelante con determinación. A ambos lados, edificios amarillo-crema con arcadas que enmarcan el arco perfecto. Abajo, turistas pasan sin detenerse, pero el arco permanece. Ha permanecido durante siglos. Las proporciones son perfectas — la altura, el ancho, la decoración. Lisboa tiene esa cualidad de ser teatral sin intentarlo — cada esquina es una escena.
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