No vi su rostro. Solo la trenza oscura, el ramo enorme de gladiolas en rojo y magenta, y la pared amarilla que los hacía arder todavía más. Pasó sin detenerse. Yo sí me detuve.
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No vi su rostro. Solo la trenza oscura, el ramo enorme de gladiolas en rojo y magenta, y la pared amarilla que los hacía arder todavía más. Pasó sin detenerse. Yo sí me detuve.
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