El guayacán florece sin hojas, como si hubiera decidido que el color lo era todo y el resto podía esperar. Las ramas se ramifican contra el cielo de febrero de Oaxaca, con una generosidad que parece excesiva y al mismo tiempo exacta. Los cables de luz cruzan la imagen sin pedirle permiso. El árbol tampoco se los pidió al cielo.
← Regresar al Diario



