La ciudad se refleja en el agua verde-gris del río — torres, tejados, la catedral de piedra roja. El cielo está nublado pero luminoso, con esa luz que solo existe en Europa Central en primavera. Los edificios están apretados unos contra otros, como si llevaran siglos en la misma posición y no quisieran moverse. El agua es lo único que se mueve. Basilea tiene esa cualidad suiza de ser hermosa sin intentarlo — es simplemente hermosa porque existe.
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